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Sep 07

Educación, folklore y tradición del Cerro Los Caballos

Ubicación del Cero Los caballos

El caserío del Cerro “Los Caballos” dista unos 15 kilómetros de la población de San Antonio de Capayacuar, perteneciente al Municipio Acosta del Estado Monagas, Venezuela. Ubicado en la cima del Turimiquire, secundado por los caseríos, Monte Oscuro, La Loma de la Virgen, El Palmar y Culantrillar. Su clima promedio es de 18° Centígrados y la calidad de sus suelos son extraordinarios, permitiendo la producción de cafetos bajo las sombras montañosas del sector. Sitio éste de costumbre, tradición y folklore que va más allá de nuestro sentir nacionalista, hoy es recuerdo de épocas que trascienden a comienzos de 1920, cuando la Venezuela rural era gobernada por dictadores que se sucedían en el poder.

Desde el pueblo de San Antonio de Capayacuar se observan las exuberantes montañas que lo rodea, e invita a penetrarnos a ese mundo social comienzos del siglo XX, donde se desenvolvían familias en convivencia con la madre naturaleza, donde su vida social, ecológica, económica y cultural es hoy un recuerdo interesantísimo para las nuevas generaciones de ciudadanos, que ven en la cultura pueblerina un significado potencial en el conocimiento de la historia patria.

Si remarcamos las destrezas de hombres y mujeres que cruzaban empinados caminos hostiles en plena montaña, en busca de posesión que garantizase su subsistencia familiar, sin miramiento a las nubladas noches cubierta con la claridad de la luna, nos da una visión de la significación cultural ancestral de esta gente, que decidieron instalarse en plena cima del cerro para sortear su mundo socio-económico.

EDUCACIÓN

En el aspecto educacional no existían escuelas públicas. Los padres y representantes de niños y jóvenes se veían en la necesidad de mandarlos a aprender las primeras letras, con personas que residían en la comunidad y que dominaban escritura y lectura, entre las cuales mencionamos a Mercedes Fariña, Baciliza Coronado y Zacarías Bermúdez. Estos educadores no cobraban sueldo del estado, ni de los padres y representantes de los alumnos. Ellos les retribuían los servicios prestados con regalías de gallinas, cochinos o algo por el estilo que recompensara su trabajo.

Los maestros del entonces, enseñaban buenos modales de comportamiento y costumbres, que los alumnos tenían que acatar al pié de la letra, de lo contrario era tolete de rama de guayaba que le caía por las piernas, como también palmetazos con una regla preparada especialmente para poner los correctivos del caso.

Estos educadores ad-honorem hablaban detenidamente con los padres sobre su autonomía en la escuela, por ejemplo: si un alumno se portaba mal, su castigo era doble, el del educador, que lo dejaba pagando penitencia por varias horas hincado de rodillas sobre unos granos de maíz o arena, y el del padre, para colmo, lo castigaba al llegar a su casa.

Entre 1948-49, se fundó la primera escuela estatal, la cual funcionó en una casa de bahareque, techo de paja y piso de tierra, propiedad de Joaquín Fariña. Su primera maestra se llamó Emma Camauta, nativa de San Antonio de Capayacuar.

En 1965, se formó el comité pro-desarrollo comunal, integrado por: Cruz Torres, Presidente; Luis Maximiano Torres, Secretario de Actas; Juan José Ramírez, Secretario de Relaciones Públicas; Magdalena Barbás, Tesorera; Ramón Maíz, Rafael Cedeño y Juan Rodríguez, Vocales.

Por iniciativa de este Comité se construyó la escuela, para satisfacción de sus habitantes.

COSTUMBRES

Se acostumbraba en “Los Caballos” y pueblos circunvecinos, hacerle fiesta a la Cruz de Mayo. A tal efecto, se iniciaban bailes de 3 a 4 días seguidos. La señora Fabiana Torres se ocupaba de hacer los altares y adornar las cruces para colocarla en una parte visible encima de dichos alteres.

En pleno baile de Cruz de Mayo, las familias anfitrionas preparaban sendos “toporos” de caratillo de arroz para brindarles a los cantadores hasta la media noche. Luego se iniciaba el baile de joropo con bandolín, cuatro y maracas, y los traguitos de aguardientes para calentar los ánimos a las parejas bailadoras. Esta actividad la hacían con la cruz tapada con una sábana, para que la imagen no observara el baile que hacían en su honor, después del bailar la dejaban visible.

Las personas que asistían al velorio de Cruz de Mayo, llegaban desde tempranas horas con gran entusiasmo, con sus fluxes de gala, camisa y pantalón de kaki, alpargatas blancas y sombreros de cogollo, luciendo de manera impecable sus trajes, y muy bien presentados para la ocasión.

Por otra parte, las muchachas relucientes con sus vestidos, lucían las marcas de telas de mayor preferencia para la época, como tafetán, lamé, cretona y yoryé; las sandalias eran tejidas a hilos con tonos dibujantes, que las hacían despampanantes al evento convocado. Ellas se sentían muy orgullosas de que el parejo que las sacaba a bailar, viera lo esplendoroso y expresivo de los colores de sus vestimentas.

Cuando eran fiestas de galas, las muchachas se llevaban una rosa en la cabeza y, a su vez, cortaban en el jardín una flor llamada Botón de Oro, con la que permitían distinguir al caballero que, como parejo, habría de acompañarla a bailar toda la noche colocándosela en el pecho, como distintivo de honor a las costumbres de fiestas sociales de etiquetas, significando encuentro cultural con sus hábitos familiares.

Las fiestas duraban de 3 a 4 días con sus noches. De allí que ciertas personas preparaban bombón (dulce casero) para venderlo en el baile. Cortésmente los caballeros brindaban dichos bombones a las damas hasta que estas se saciaban del dulce. Y cuando los hombres insistían en la apetitosa golosina, ellas la recibían pero la entregaban de nuevo a los expendedores, cosa que motivaba que una cesta de tal vendimia durara todos los días de la fiesta. Las damas se reían de los hombres, que por su cortesía, les brindaban el mismo dulce cada momento.

MÚSICOS Y PERSONAJES DESTACADOS

A los bailes del sitio “Los Caballos” venían personas de otros caseríos, el Negro Salgado y Cruz Coronado, quienes se unían a tocadores de bandolín, como Manuel Antonio Vera, Pedro Luis González, Florencio Carvajal, Rito Lanza, Julián Palma, Rafael Salgado y otros, los cuales tocaban y cantaban los siguientes joropos: El Carvajelero, El Diablo Suelto, El Paso al Río, El Lomero, El Gavilán, El Cometa, etc. Entre los valses: Castro en Margarita, Brisas del Zulia y Sombras en los médanos.

El cantador y tocador de joropo con el bandolín, Cruz Coronado, solía improvisar y a menudo entonaba el siguiente verso:

“De mis caricias perdidas

son obra providencial

cuando la razón no vale

no basta saber hablar.

me llamo Cruz Coronado

en todas parte y lugar

donde quiera que me paro

hago la tierra temblar”.

El Negro Salgado, como cariñosamente le decían, no era del lugar pero olía las fiestas del caserío Los Caballos y no dejaba de asistir a las mismas, ya que no había quien se lo ganara zapateando un joropo, y cuando sacaba a una joven a bailar, murmuraba Pedro Mota, presente en el sitio ¡ah hombre pa’bailar un zumba que zumba!.

Cuando el ron se acababa, el Negro Salgado era siempre el colector del dinero para hacer la “vaca” y comprar el galón de esa bebida que costaba 3,50 Bs. Llegaba a reunir de 5 a 6 bolívares en cada recolecta. A tal efecto, compraba el galón de aguardiente y lo que sobraba era para él, y así repetía la operación al acabarse la bebida. Por supuesto que eso le traía beneficios, porque venía sin dinero a la fiesta, parrandeaba 3 ó 4 días, y se iba con real para su casa.

Manuel Ortiz, hombre romántico, tocador de guitarra y cantador cuando estaba enamorado, usaba mucho la “Malagueña salerosa”, al llevar serenatas a las muchachas en las ventanas de sus cuartos.

Pasados los años, cuando estaba bajo copas y veía pasar una muchacha frente de él, murmuraba ¡A malaya Manuel Ortiz en su época, 25 años menos! -Replicaba- Esto es el decir de cada quien cuando llega a viejo.

Otro personaje del caserío “Los Caballos” fue Felipe Mota, llamado el Pica Flor porque cambiaba de mujer constantemente. También tocaba el cuatro y medio aprendió a rasguñar el bandolín y cuando se ponía a plumear, cualquiera que lo vía creía que sabía dominarlo bien, al proponerle que tocara una pieza musical, todo lo que tocaba y cantaba era “El Pavo de Natividad”.

La mano que le pasó

al pobre Natividad

que le robaron el pavo

que tenía pa’navidad

y dicen que fue Miguel

que una vecina lo vio

cuando se llevaba el pavo

corriendo por la quebrá.

El pobre Natividad

anda buscando a Miguel

antes de que se coma el pavo

o que lo vaya a vender.

Entre otros personajes, se cuenta a Leoncio Romero, Víctor Tirado, Cruz Torres, Isaac Romero, Félix Romero, Cruz Blanco, Francisco Tirado, José Joaquín Fariña, Juan Rodríguez (viejo) y a Ángel Luis Rodríguez, conocido como gran tocador de maracas.

A Ángel Luis Rodríguez le gustaba parrandear en el lugar y fuera de él, pero tenía un solo traje de gala. Para asistir a las diferentes fiestas, teñía con colorante artificial todos los sábados el mismo flux con diferentes colores, y así podía presentarse en cada fiesta como si estuviera estrenando traje nuevo.

Estílita Peñalver (alias el Coronel), cuando en una fiesta no encontraba pareja para bailar, se ponía a pedir “una palomita” o permiso a cualquiera de los bailadores para que le cediera la pareja y así aprovechar los sabrosos ritmos que se tocaban en esa época.

Cuando se escuchaban comentarios en el sector que venían las muchachas del caserío Ipure, lugar circunvecino, todo era tal como actualmente se recibe a una actriz en cualquier escenario público. Por consiguiente los hombres no trabajaban ese día en espera de las nuevas caras en el sitio de Los Caballos; entre ellas tenemos: Goya Córdova, Juana Córdova y las Meneses del caserío “El Gavilán”, todas ellas muchachas muy hermosas por las que valía la pena perder un día de trabajo, decían los hogareños, para darles la bienvenida con cantos y sonidos musicales que se entonaban cuando iban entrando al caserío.

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